A fines de la década de los 80, el paisaje de la isla Samar, donde existe uno de los depósitos más importantes de bauxita del sureste de Asia, era sombrío y lúgubre: colinas sin árboles, ríos desbordados que inundaban las casas, las escuelas, las iglesias y las tierras de cultivo de las comunidades. Era una isla que sufría los efectos de una deforestación rápida y generalizada.
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